28 Febrero 2008...6:40

“Las alas de la vida”

Bajo un nombre quizá un poco “cursi”, si se me permite decirlo, está una maravillosa película-documental que nos habla de la muerte desde un punto de vista real y desconcertante y, a la vez, aunque pueda parecer contradictorio con el mismo concepto de muerte que podemos tener, lleno de vida, esperanza y positivismo, en la que se presenta la vida y la muerte no cómo algo dramático y cruel, sino como un ciclo con un principio y un fin que debe ser disfrutado en toda su plenitud, nos acompañen o no las circunstancias. Él lo resume perfectamente tanto al principio como al final del documental: llegar a la muerte, que es algo que nos llegará a todos y, si es posible, con una sonrisa.

Es la “historia” de un hombre de 48 años, Carlos, que es diagnosticado de una enfermedad neurodegenerativa (la A.M.S), en la cual, y tal y como él explica, su sistema motor se irá degenerando hasta el punto de necesitar asistencia total, teniendo una lucidez intelectual plena hasta el final.

El documental nos muestra una visión un poco general de todos los cambios que la enfermedad produce (y producirá) en la vida de Carlos, de su familia, amigos y cuidador, y la visión y la manera en cómo Carlos y sus allegados se enfrentan a la realidad que les rodea.
Me gustaría destacar que Carlos y su familia podríamos decir que cuentan con una posición elevada y con un nivel cultural también alto, ya que tanto él como su esposa, son médicos de familia, y eso les da un grado de conocimientos y de recursos superior a lo que una familia de clase media o baja podrían llegar a contar, siendo pues, a mi parecer, un poco más afortunados que otras personas en su misma situación, si es que en estos casos se puede hablar de fortuna. Él mismo denuncia la gente que se aprovecha de las personas que están en una situación delicada con remedios pseudocientífios, como los curanderos, y les acusa de trapichear con la vida.

Por su parte, su mujer, al reflexionar sobre la relación entre la medicina y la muerte, explica que, a menudo, los médicos ven la muerte como el fracaso de la medicina y se olvidan que la medicina, también, se debe encargar de una muerte digna (sobre todo respecto al sufrimiento físico, en el que siempre tranquiliza saber que no se va a dar lugar; si tiene dolor 10, le daré medicina para 10, si tiene dolor 100 le daré medicina para 100 y si tiene dolor para 1000, le daré medicina para 1000). Pero, ¿dónde surge el problema? Cuando el concepto de muerte digna es diferente y puede que dispar según la persona que lo defina. Y aquí es cuando entra la importancia del testamento vital, que es el documento en el que cada uno deberíamos describir dicho concepto para que, llegado el momento oportuno, si no estamos en las condiciones para expresarnos o decidir, se pueda respetar nuestra voluntad. Este fragmento, en el cual leyendo fragmentos de su testamento vital, me pareció desgarrador y tengo que reconocer que no pude evitar emocionarme y hasta angustiarme. Me encanta la reflexión que hace él sobre la fortaleza de las personas, en la que dice que en muchas situaciones queremos mostrarnos fuertes cuando en realidad no lo somos… y la verdad es que tiene toda la razón del mundo. A veces queremos aparentar una fortaleza que no lleva a ningún lugar, quizá sólo a sufrir un poquito más.

Así pues, nos encontramos con una persona que durante toda su vida se ha esforzado para conseguir sus objetivos vitales, alguien que ha procurado estar al servicio de la comunidad, utilizando todos sus conocimientos y su empeño, como por ejemplo cuando explica que tenía un programa de radio en Radio Nacional en el que hablaba sobre medicina para todos los públicos (hay un pequeño fragmento en el que habla de la tos, que, a mi parecer, es muy didáctico) o cuando explica cuando fue a Ruanda al finalizar la guerra (trozo especialmente emotivo en el que se muestran las imágenes de su juventud y cuando describe (y se ve) el techo del hospital ruandés lleno de agujeros de la metralla o cuando explica ser afortunado no obstante su enfermedad, porque en África, son pocas las personas que pueden llegar a su edad y que lo que menos les preocupa es el Alzheimer o enfermedades así porque tienen otras que les acometen antes, en su juventud-edad adulta). Otro ejemplo (y que yo me apunto para cuando ejerza como enfermera) es la disposición que explica del mobiliario de su consulta, colocado de manera que siempre tiene al paciente a su lado, no de frente (que es la manera más convencional) para crear un mejor clima de confianza y confort.

Al final, más que una película sobre la muerte, acaba siendo una película sobre la vida, sobre cómo vivirla y cómo enfocarla. Ahora mismo recuerdo una frase de una película, “El arte de morir” (aunque es de un género totalmente distinto), que dice que, tal y como hay un arte de vivir, también hay un arte de morir. Pues es ese arte de morir el que nos acaba mostrando Carlos, el de una muerte tranquila, apacible, en el que la persona que se va, se va sin ninguna necesidad, sin nada que podamos hacer por ella, porque, por necesitar, no necesita ni respirar.

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