20 Julio 2008...7:02

Gracias por nada

Ayer fue un día un poco extraño.

Por una parte, empecé en una unidad nueva, Oncología… y me sorprendí de la capacidad de adaptación que estoy desarrollando, de modo que cada vez me cuesta menos ir de un lado a otro (y hasta acabé todo el trabajo a las 22 horas, que es cuando acaba mi jornada laboral, y no a las 22.30 horas (o más tarde), como me suele pasar). Supongo que ésta debe ser la ventaja de ser correturnos, ¿no? Porque alguna ventaja tiene que tener…

Oncología, pues, es una planta donde hay mucha medicación; muchísima. A las 16 horas, las 18 horas, la de la Cena, la de las 20 horas y la de las 22 horas (y depende qué paciente, tiene hasta medicación a las 21 horas… y depende de la fortuna que se tenga, también puede haber la posibilidad de que algún paciente que otro tenga tratamiento de Quimioterapia… añadiendo mucha más medicación…). Y, evidentemente, bateas de las grandes y todas llenas.
A parte de eso, curas y revisión de vías (periféricas y centrales).

Los pacientes son personas de diferentes edades y con patologías diferentes: si bien tienen en común tener cáncer (y tumores sólidos… porque no hay nada de hematología en esa planta, para entendernos), cada una tiene manifestaciones diferentes: disnea, sangrados, estreñimiento, diarreas, dolor (común en casi todos), náuseas, vómitos, mareos, etc. También cada paciente tiene unos conocimientos diferentes acerca de su enfermedad (hay gente que no sabe lo que tiene y hay gente que está informadísima) y es más o menos cuidadoso respecto todo lo que engloba su enfermedad: autocuidado, aprendizaje, alimentación, … Y, claro, cada persona, vive a su manera su enfermedad, más como puede que como querría.

Ayer, por ejemplo, una chica joven, no mucho mayor que yo (debería tener como máximo 25 años), en estudio y tratamiento, al entrar en la habitación le dije “no me has avisado para ponerte el Primperan antes de la cena… ¿te ha sentado bien?” (me dijo que cenaría más tarde y le dije que me avisará para traerle el Primperan 15 minutos antes de comer para que le sentara mejor la cena) y, la pobre, empezó a llorar… Le dije que no importaba, que no era una medicación importante y que se la podía poner en ese mismo momento… pero ella, no lloraba por el Primperan, claro (tonta de mi). Decía que no sabía qué hacer, que quería hacerlo todo lo mejor posible para curarse, porque (en palabras suyas textuales) no quería morirse.
“No quiero morirme”, dijo. Y yo, a punto de hecharme a llorar con ella, fent el cor fort, la abrazo y me quedo callada. En ese momento, me sentí tan inútil y tan poca cosa… pero, ¿qué podía hacer? ¿Decirle que no se moriría y que todo iría bien? ¿Para qué hubiera servido? Para nada… sólo para, en cierto modo, engañarla. Está claro que no se moriría en ese mismo momento, ni siquiera en un par de meses, pero el futuro (para todos, no sólo para la gente afecta de cáncer) es incierto. Mejor no hacer ni decir especulaciones al respecto.
Cuando se calmó un poco, le dije que se lavara la cara y que si quería me quedaba un rato con ella. Pero dijo que prefería ir a caminar un poco por la unidad para distraerse. Lo peor (o lo mejor) es que me dió las gracias… “¿Gracias por qué?”, le dije. “Gracias por nada”. Porque nada es lo que hice. Pero, por lo que se ve, a ella le sirvió.

1 Comentario

  • Pues eso precisamente, que te den las gracias, es el mejor regalo que pueden hacer a una… aunque muuchas veces digamos… ¿de qué?

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